La transfiguración de Jesús, es un evento narrado en los evangelios sinópticos según san Mateo, san Marcos y san Lucas.

Estos pasajes bíblicos en lo particular resultan interesantes ya que describen a Jesús hablando con Moisés y Elías en el monte Tabor.

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Evangelio según San Lucas 9,28-36

28 Aconteció como ocho días después de estas palabras, que tomó a Pedro, a Juan y a Santiago, y subió al monte a orar;

29 Y entre tanto que oraba, la apariencia de su rostro se hizo otra, y su vestido blanco y resplandeciente.

30 Y he aquí dos varones que hablaban con el, los cuales eran Moisés y Elías.

31 Quienes aparecieron rodeados de gloria, y hablaban de su partida, que iba Jesús a cumplir en Jerusalén.

32 Y Pedro y los que estaban con él estaban rendidos de sueño; más permaneciendo despiertos, vieron la gloria de Jesús, y a los dos varones que estaban con él.

33 Y sucedió que apartándose ellos de él Pedro dijo a Jesús: Maestro, bueno es para nosotros que estemos aquí; si quieres, hagamos aquí tres enramadas: una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías; no sabiendo que le decía.

34 Mientras él decía esto, vino una nube que nos cubrió; y tuvieron temor al entrar en la nube.

35 Y vino una voz desde la nube que decía: Este es mi Hijo amado, a él oíd.

36 Y cuando cesó la voz, Jesús fue hallado sólo, y ellos callaron, y por aquellos días no dijeron nada a nadie de lo que habían visto.

Celebración de la Transfiguración

La Iglesia Católica recuerda este hecho el 6 de agosto y el II° Domingo de Cuaresma.

«…Toda la escena es la “manifestación” plena de Jesús el enviado del Padre para llevar a la plenitud el misterio de la redención, para que todos los pueblos en Él tengan vida. Ese Jesús que había sido presentado a los pobres pastores, a los magos, a todo el pueblo en el río Jordán, ahora es presentado por el Padre a los discípulos predilectos para que en el momento del dolor en el huerto de los Olivos y de la muerte en cruz, sea reconocido como el Divino Salvador, el Hijo enviado por el Padre. Pero esa palabra del Padre: “escuchadlo” debe resonar fuertemente en nuestra mente y en nuestro corazón. San Pedro jamás la olvidó, como hemos escuchado en su segunda carta: “Y nosotros escuchamos esta voz, venida del cielo mientras estábamos con él el monte santo“…»