La ascensión de Jesucristo es una expresión que procede de las primeras comunidades cristianas, para hacer referencia a la glorificación que según la Biblia recibió Jesús de Nazaret tras su muerte, de manos de Dios Padre.

La tradición judía, mantenía el símbolo de que el cielo era como la morada de Dios, simbología que fue adoptada por el cristianismo. De ahí, que la ascensión a los cielos sea el símbolo de que Jesús es investido de la divinidad de Dios.

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La solemnidad llamada Ascensión del Señor parece ser una festividad muy antigua. Aunque no existe evidencia documental de su existencia previa al siglo V, san Agustín de Hipona señaló su origen apostólico, y se refirió a ella como una celebración de carácter universal en la Iglesia desde antes de su tiempo.1

Asimismo, aparecen menciones frecuentes en los escritos de san Juan Crisóstomo, san Gregorio de Nisa, y en las Constituciones apostólicas del siglo IV. La peregrinación de Egeria hace referencia a la vigilia de esa festividad y a la fiesta en sí, tal como se conserva en la iglesia construida sobre la gruta de Belén.2 Es posible que antes del siglo V el hecho narrado en los evangelios se conmemorara en conjunto con la solemnidad de la Pascua o de Pentecostés. También se cree que el tan discutido decreto 43 del Concilio de Elvira (c. 300) que condenaba la práctica de la observación de una fiesta en el cuadragésimo día después de Pascua y que dejaba de lado la celebración de Pentecostés en el quincuagésimo día, implicaría que se conmemoraba la Ascensión junto con Pentecostés. Se encuentran representaciones del misterio en dípticos y frescos de datación tan temprana como del siglo V.