Duerme Señor, el sueño de la muerte,

tus ojos son luceros ya velados,

tus manos son dos lirios desmayados,

ese lívido clavel, tu boca inerte,

quien no se mueve en compasión al verte.

Si claman con pasión tus pies llagados,

tus cabellos en sangre están bañados,

tu rostro, cuya palidez se advierte.

Está la majestad de tu figura,

que impone tal respeto a tu reposo,

que ante ti sea nada la creatura.

Para quien que te contempla fervoroso,

eres símbolo de amor. 50