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Juan el Apóstol (hebreo יוחנן Yohanan, «el Señor es misericordioso») fue, según diversos textos neotestamentarios (Evangelios sinópticos, Hechos de los Apóstoles, Epístola a los Gálatas), uno de los discípulos más destacados de Jesús de Nazaret, nativo de Galilea, hermano de Santiago el Mayor, hijo de Zebedeo. Su madre podría ser Salomé. Era pescador de oficio en el mar de Galilea, como otros apóstoles. La mayoría de los autores lo considera el más joven del grupo de «los Doce». Probablemente vivía en Cafarnaún, compañero de Pedro. Junto a su hermano Santiago, Jesús los llamó בני רעם Bnéy-ré’em (arameo), Bnéy Rá’am (hebreo), que ha pasado por el griego al español como «Boanerges», y que significa «hijos del trueno», por su gran ímpetu. Juan pertenecía al llamado «círculo de dilectos» de Jesús que estuvo con él en ocasiones especiales: en la resurrección de la hija de Jairo, en la transfiguración de Jesús, y en el huerto de Getsemaní, donde Jesús se retiró a orar en agonía ante la perspectiva de su pasión y muerte. También fue testigo privilegiado de las apariciones de Jesús resucitado y de la pesca milagrosa en el Mar de Tiberíades.

Según el libro de los Hechos de los Apóstoles, Pentecostés encontró a Juan el Apóstol en espera orante, ya como uno de los máximos referentes junto a Pedro de la primera comunidad. Juan acompañó a Pedro, tanto en la predicación inicial en el Templo de Jerusalén (donde, apresados, llegaron a comparecer ante el Gran Sanedrín por causa de Jesús), como en su viaje de predicación a Samaría.

La mención del nombre «Juan», antecedido por el de «Santiago» y el de «Cefas» (Simón Pedro), como uno de los «pilares» de la Iglesia primitiva por parte de Pablo de Tarso en su epístola a los Gálatas es interpretada por la mayoría de los estudiosos como referencia de la presencia de Juan el Apóstol en el Concilio de Jerusalén.

Las polémicas que sobre él se abatieron y aún se abaten (en particular, si Juan el Apóstol y Juan el Evangelista fueron o no la misma persona, y si Juan el Apóstol fue autor o inspirador de otros libros del Nuevo Testamento, como el Apocalipsis y las Epístolas joánicas –Primera, Segunda y Tercera-) no impiden ver la tremenda personalidad y la altura espiritual que a Juan se adjudica, no sólo en el cristianismo, sino en la cultura universal. Muchos autores lo han identificado con el discípulo a quien Jesús amaba, que cuidó de María, madre de Jesús, a pedido del propio crucificado (Stabat Mater). Diversos textos patrísticos le adjudican su destierro en Patmos durante el gobierno de Domiciano, y una prolongada estancia en Éfeso, constituido en fundamento de la vigorosa «comunidad joánica», en cuyo marco habría muerto a edad avanzada. A través de la historia, su figura ha sido asociada con la cumbre de la mística experimental cristiana. Su presencia en artes tan diversas como la arquitectura, la escultura, la pintura, la música, la literatura, y la cinematografía es notable. La iglesia católica, la ortodoxa, y la anglicana entre otras, lo celebran en distintas festividades (ver ficha).

El águila es probablemente el atributo más conocido de Juan, como símbolo de la «devoradora pasión del espíritu» que caracterizó a este hombre.

616pxAguila_de_S_Juan_Iglesia_de_San_Manuel_y_San_Benito_Madrid_04Juan, quien luego sería apóstol de Jesús de Nazaret, es presentado en las Sagradas Escrituras como uno de los dos hijos de Zebedeo, hermano de Santiago y compañero de Simón Pedro (Lucas 5:10). Los tres Evangelios sinópticos lo sitúan inicialmente como pescador de Galilea, cuya vocación por el seguimiento de Jesús irrumpe a orillas del lago de Genesaret, situándose Juan entre sus primeros cuatro discípulos.5

Vista de Kinnereth, nombre hebreo del Mar de Galilea. Se trataría del paisaje en cuyo marco creció Juan el Apóstol.

Bordeando el mar de Galilea, (Jesús) vio a Simón y Andrés, el hermano de Simón, largando las redes en el mar, pues eran pescadores. Jesús les dijo: «Venid conmigo, y os haré llegar a ser pescadores de hombres.» Al instante, dejando las redes, le siguieron. Caminando un poco más adelante, vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan: estaban también en la barca arreglando las redes; y al instante los llamó. Y ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron tras él.

Marcos 1:16-20

La palabra «jornaleros» indica una retribución a sueldo por un trabajo. Esto permite inferir que Zebedeo, padre de Juan y Santiago, dentro de la modestia de un pescador de Galilea, tenía un cierto desahogo económico: era propietario de «redes» (Mateo 4:21), sin duda, de algunas barcas, y tenía «jornaleros» para sus faenas.

El análisis comparado de textos de los Evangelios sinópticos parece indicar que la madre de Juan fue Salomé, una de las mujeres que siguieron a Jesús durante su vida pública (cf. Marcos 10:37) hasta su muerte. Si se cotejan los pasajes referidos a la muerte de Jesús,6 en Mateo 27:56 («Entre ellas estaban María Magdalena, María la madre de Santiago y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo») y en Marcos 15:40 («Había también unas mujeres mirando desde lejos, entre ellas, María Magdalena, María la madre de Santiago el menor y de Joset, y Salomé, que le seguían y le servían cuando estaba en Galilea[…]») se puede inferir que Salomé sería la esposa de Zebedeo y madre de Santiago el Mayor y de Juan.Nota 1

Por el Evangelio de Lucas se sabe que entre Pedro, Juan y Santiago, tenían al menos establecida un cierta «sociedad» de pesca pues, como se detalla más adelante, eran «compañeros»:

Cuando (Jesús) acabó de hablar dijo a Simón: «Boga mar adentro y echad vuestras redes para pescar.» […] Y, haciéndolo así, pescaron gran cantidad de peces de modo que las redes amenazaban romperse. Hicieron señas a los socios de la otra barca para que vinieran en su ayuda.[…]Al verlo Simón Pedro, cayó a las rodillas de Jesús, diciendo: «Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador». Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos con él estaban, a causa de los peces que habían pescado. Y lo mismo de Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.

Lucas 5:4.6-10

Por la forma de ejercicio del sacerdocio en esa época, no se descarta que Zebedeo pudiera ser levita,7 con una casa de paso en el barrio de Jerusalén habitado por esenios o en sus cercanías, y quizá con otra propiedad en Galilea, mientras la pesca en el lago podría ayudarle al sostenimiento familiar. Se ha considerado que una empresa de pesca de mediana envergadura podría ser proveedora de pescado al propio Templo de Jerusalén. En efecto, el mar de Galilea, que aún no siendo de grandes dimensiones es el principal reservorio de agua dulce de la región, se convirtió en un centro de pesca de gran importancia para el mundo judío. Es razonable que los judíos dieran preferencia al pescado capturado por pescadores judíos frente al pescado suministrado por los gentiles, ya que el primero garantizaba el cumplimiento de los preceptos rabínicos de «pureza» alimentaria, evitando tratamientos que pudiesen tornar el alimento en impuro.8

De hecho, el mar de Galilea se caracterizó por albergar diversos «emprendimientos» pesqueros, que involucraban no sólo a las familias de los pescadores sino también a los trabajadores contratados, a los proveedores de materias primas y de otros productos, a los «procesadores» de pescado, a los «empacadores» y a los transportistas.9

Resultan de particular interés los términos utilizados por el Evangelio de Lucas: «[…] hicieron señas a sus socios (metachoi) del otro barco […]»; «[…] Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, eran compañeros (koinônoi) con Simón», es decir, había un sentido de comunión previo a la existencia del grupo de «los Doce», una especie de relación cooperativa establecida entre la familia de Jonás (padre de Simón Pedro), y la de Zebedeo (padre de Santiago y Juan), que podían permitirse tener asalariados en su nónima.

En resumen, se desprende que Zebedeo no era un simple pescador, sino que poseía barcas, redes y daba trabajo a diversos jornaleros, lo que hacía posible que sus hijos pudieran dejarlo para seguir más estrechamente a Jesús.

La vocación de Simón Pedro y Andrés, Santiago y Juan presenta una forma semejante en los tres Evangelios sinópticos. Se omite probablemente la comunicación previa entre Jesús y quienes serían los primeros discípulos, como también el proceso psicológico resultante de ese trato. Según el Evangelio de Juan, el primer contacto habría tenido lugar en el Jordán (Juan 1:35-42). Andrés y otro discípulo cuyo nombre no se menciona, hasta ese momento discípulos de Juan el Bautista, mantienen una primera conversación con Jesús. Algunos estudiosos como Alfred Wikenhauser (1883-1960) y Raymond E. Brown (1928-1998) sostienen que ese discípulo cuyo nombre no aparece era el propio Juan.10 pp. 105-106;
4 pp. 286-287

Jesús se volvió, y al ver que le seguían les dice: «¿Qué buscáis?» Ellos le respondieron: «Rabbí –que quiere decir, ‘Maestro’– ¿dónde vives?» Les respondió: «Venid y lo veréis.» Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día. Era más o menos la hora décima. Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos […] que habían seguido a Jesús.

Juan 1:35-40

De ser precisa la interpretación de Wikenhauser y de Brown, Juan el Apóstol habría sido discípulo de Juan el Bautista antes de seguir a Jesús de Nazaret.

Ya desde el comienzo del ministerio público de Jesús, Juan, hijo de Zebedeo, forma parte de un grupo selecto. Por ejemplo, a la salida de la sinagoga, Juan y Santiago, se dirigen a la casa de Pedro y Andrés, donde presencian como Jesús cura a la suegra de Pedro que padece fiebre (Marcos 1:29-31).

Los tres pasajes evangélicos que hacen alusión a la institución de «los Doce» Apóstoles mencionan a Juan (Marcos 3:17; Mateo 10:2; Lucas 6:14). Pero el evangelista Marcos hace una referencia particular, quizá debida al ímpetu de los hijos de Zebedeo:

[…]Santiago y su hermano Juan, hijos de Zebedeo, a quienes puso el sobrenombre de Boanerges, es decir, hijos del trueno[…].

Marcos 3:17

A diferencia de Simón, hijo de Jonás, a quien Jesús le modifica su nombre por el de Pedro en señal de dominio, no hay modificación del nombre de los hermanos Zebedeo, pero sí una calificación que algunos autores argumentan posteriormente con el pasaje único de Lucas, en el que se hace referencia a una mala acogida en un pueblo samaritano. La hostilidad de los samaritanos contra judíos y galileos era proverbial. Los samaritanos eran considerados cismáticos. Jesús se dirige a Jerusalén por el camino más directo, por Samaría, en lugar de ir por los caminos más frecuentados: por la costa occidental o por el Jordán abajo.Sin embargo, al buscar hospedaje, no es recibido.

[…](Jesús) se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén, y envió mensajeros delante de sí, que fueron y entraron en un pueblo de samaritanos para prepararle posada; pero no le recibieron porque tenía intención de ir a Jerusalén. Al verlo, sus discípulos Santiago y Juan, dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?» Pero volviéndose, (Jesús) los reprendió y se fueron a otro pueblo.

Lucas 9:52-56

Según Leal, los dos hermanos Santiago y Juan justificarían así el apelativo de «hijos del trueno» que le diera Jesús. Él no aprueba ese celo demasiado humano, pero ese ímpetu bien canalizado podría ser un medio eficaz para la obra pretendida por Jesús.

El académico estadounidense Alan Culpepper destaca el significado dado por el teólogo alemán Otto Wilhelm Betz (1917-2005) a las expresiones «Boanerges» e «hijos del trueno». El término «Boanerges» pertenece a una tradición temprana, que provendría incluso del mismo Jesús, puesto que la comunidad cristiana primitiva no tendría ningún interés en dar a sus pilares ese tipo de nombres. Así también, Jesús habría llamado a los dos hermanos «hijos del trueno», no como un apodo despectivo, sino como una promesa de lo que llegarían a ser.
La sugerencia –dice Culpepper– de que el nombre, como en el caso de Pedro, sea una promesa o una previsión de la grandeza que alcanzarían los hijos de Zebedeo es muy meritoria. Dándoles el nombre de «Boanerges», Jesús habría anunciado que Santiago el Mayor y Juan se convertirían en «hijos del trueno», testigos valientes como «voces del cielo».

13

Existe la opinión generalizada entre los exégetas acerca de la participación de Juan en las deliberaciones del Concilio de Jerusalén (hacia el año 48 a 50) a las cuales hace referencia la epístola a los Gálatas.12 pp. 48-49
16 En esta última, Pablo de Tarso refiere literalmente:

[…] y reconociendo la gracia que me había sido concedida, Santiago, Cefas y Juan, que eran considerados como columnas, nos tendieron la mano en señal de comunión a mí y a Bernabé: nosotros nos iríamos a los gentiles y ellos a los circuncisos.

Epístola de Pablo de Tarso a los Gálatas 2:9

Los Hechos de los Apóstoles no proporcionan información posterior alguna acerca de Juan el Apóstol lo cual, según Culpepper,12 p. 49
puede ser interpretado de tres formas:

  1. como señal de su desaparición física (sin embargo, cabría preguntarse por qué los Hechos de los Apóstoles mencionarían el martirio de Santiago el Mayor, y no la muerte o el presunto martirio de Juan el Apóstol, si este hubiera ocurrido en el plazo de tiempo abarcado por ese libro);Nota 3
  2. como presunción de que ya no se encontraba en la lista de los principales líderes de la Iglesia; o
  3. como evidencia de que ya se había trasladado a otra comunidad cristiana.

La interpretación de que Juan el Apóstol murió mártir en Palestina un poco más adelante, entre los años 60 y 70 d.C., tendría como principal supuesto testigo a Papías de Hierápolis. Se dice que Papías narró en el segundo libro de su obra que los dos hijos de Zebedeo fueron muertos por los judíos. Eusebio de Cesarea, que utilizó el libro de Papías, no dice nada al respecto. Pero en un manuscrito de los siglos VI-VIII hay un extracto de la Historia Cristiana, compuesta en Panfilia hacia el año 430 por Filipo de Side. En él se lee: «Papías afirma, en el segundo libro, que Juan el Teólogo y Santiago, su hermano, fueron muertos por los judíos». Idéntica noticia procedente, sin duda, de la misma fuente aparece en un manuscrito de las Crónicas de Georgio Hamartolo (siglo IX): «Papías, obispo de Hierápolis, que había visto a aquél (Juan el Apóstol), cuenta en el segundo libro de las palabras del Señor, que fue muerto por los judíos, cumpliéndose así, en él y en su hermano, la profecía de Jesús (Marcos 10, 38-39).» Este último cronista, a diferencia de Papías, sitúa la escena del martirio en Éfeso, y en tiempo posterior al regreso de Patmos (en el año 96).Nota 4

Pero, según el teólogo alemán Wikenhauser, la información atribuida a Papías es más que dudosa.10 pp. 20-23
El solo título de «Teólogo» que se adjudica a Juan el Apóstol es un título que solo se usó mucho más tarde en la Iglesia griega. Ya esto demuestra que no estamos en condiciones de saber qué fue realmente lo que escribió Papías. Y no es casualidad que Ireneo de Lyon y Eusebio de Cesarea, habiendo leído detenidamente su obra, no hicieran mención de este pasaje. Si realmente hubieran encontrado en Papías lo que dice Filipo de Side, seguramente lo habrían aprovechado como argumento excelente a favor de su tesis de la residencia de Juan el Apóstol en Éfeso. Hoy, ningún historiador serio se atreve a desacreditar a Ireneo de Lyon y a Eusebio para favorecer una hipótesis de Filipo de Side, cuya obra se reduce a la de un compilador carente de discernimiento crítico. Esta posición es compartida por otros autores que, aún teniendo en cuenta la antigüedad de ciertas tradiciones litúrgicas que aluden al martirio temprano de Juan el Apóstol, las consideran erróneas.17

Sobre la hipótesis a favor de la muerte temprana de Juan por martirio, se destaca la obra de Marie-Émile Boismard (1916-2004).18 Este libro presenta una cantidad de elementos de interés: algunos de ellos se mencionan más adelante.

Sus últimos años, en los escritos patrísticos

Respecto de los años que siguieron a los acontecimientos narrados en los Hechos de los Apóstoles, la tradición apostólica más antigua está de acuerdo en ubicar el ministerio de Juan el Apóstol en Éfeso, con un período de exilio en la isla de Patmos.

Las hipótesis de diferentes autores modernos son de lo más variadas: desde aquellos que manifiestan que no existe evidencia directa alguna de la presencia de Juan en Éfeso (fundamentando su postura, por ejemplo, en la ausencia de referencias a Juan por parte de Pablo en su carta a los Efesios), hasta aquellos que sostienen que Juan fue fundador de la Iglesia de Éfeso (considerando que ya existía una comunidad cristiana en Éfeso a la llegada de Pablo), pasando por quienes postulan que Pablo de Tarso y Juan «el Presbítero» (ver más adelante) fundaron comunidades separadas.19 pp. 270-271

Ireneo de Lyon, mártir

Ireneo de Lyon (ca. 130 – ca. 202) escribió sobre «Juan, discípulo del Señor» en varias oportunidades, identificándolo con el discípulo a quien Jesús amaba y haciendo referencia a su permanencia en Éfeso hasta los tiempos del emperador Trajano:

«[…]Por fin Juan, el discípulo del Señor «que se había recostado sobre su pecho» (Jn 21:20; 13:23), redactó el Evangelio cuando residía en Efeso[…]»20

Ireneo de Lyon

«[…]todos los presbíteros de Asia que, viviendo en torno a Juan, de él lo escucharon, puesto que éste vivió con ellos hasta el tiempo de Trajano. Algunos de ellos vieron no sólo a Juan, sino también a otros Apóstoles, a quienes han escuchado decir lo mismo.»21

Ireneo de Lyon

«Finalmente la Iglesia de Efeso, fundada por Pablo, y en la cual Juan permaneció hasta los tiempos de Trajano, es también testigo de la Tradición apostólica verdadera.»22

Ireneo de Lyon

Ireneo suele dar a este Juan el título de «discípulo del Señor» (más de quince veces), título que en singular no aplica a ningún otro. En otro pasaje de su obra parece aplicarle el título de apóstol.

Tesis sobre el enfrentamiento de Juan el Apóstol con Domiciano «dominus et deus»

Estatua del emperador Domiciano representado como el nuevo Augusto. Museo del Vaticano, Roma.

A fines del siglo I, Éfeso era la tercera o cuarta metrópoli del Imperio Romano, después de Roma, Alejandría, y quizá Antioquía. Su número de habitantes se estimaba entre 180.000 y 250.000, según los autores.19 p. 17
Era un centro estratégico para el comercio y las comunicaciones hacia oriente. Junto con el culto a Artemisa,19 pp. 19-29
el culto imperial era un aspecto muy significativo de la vida en Éfeso en tiempos de Juan.19 pp. 30-36
Por entonces, el culto a los emperadores hacía énfasis en la dinastía Flavia: Vespasiano, Tito y Domiciano.24 El nivel del culto imperial impuesto llegaba a ocasionar molestias, incluso entre los latinos. Se conserva un poema del escritor Marco Valerio Marcial, en el cual él hace alusión a la ruptura del hábito de llamar con el título de «señor» a Domiciano: «non est hic dominus, sec imperator» (Martial X, 72). Domiciano fue señalado por los escritores cristianos antiguos como el segundo emperador romano en perseguir a los cristianos, luego de Nerón.25

Muchos investigadores coinciden en la hipótesis de que el Apocalipsis fue escrito durante el gobierno de Domiciano como reacción a la intolerancia religiosa del emperador.26 Mientras que el emperador se hacía llamar «Domitianus dominus et deus» («señor y dios Domiciano»), el Apocalipsis respondía: «Εγω ειμαι το Α και το Ω, αρχη και τελος, λεγει ο Κυριος» («Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin, dice el Señor» –Apocalipsis 1:8-), y manifestaba así una convicción que ya aparecía bien explicitada dos décadas antes: «un solo Señor» (Efesios 4:5).Nota 5 La tensión también se manifiesta en vestigios de la época, como el Grafito de Alexámenos descubierto en el Palatino, que sugiere la representación en sorna de un cristiano adorando a un asno crucificado.

Tertuliano (ca. 160 – ca. 220), en su De praescriptione haereticorum XXXVI, asentó que Juan padeció sin morir el martirio en Roma, en una caldera de aceite hirviente.27 Nota 6 Según este relato milenario de la Iglesia, el martirio habría tenido lugar aproximadamente entre los años 91 y 95, en las cercanías de la Puerta Latina (Porta Latina), en los Muros Aurelianos. Juan habría salido ileso. El emperador Domiciano habría considerado este prodigio como una especie de magia y, no animándose a intentar otra clase de ejecución, habría desterrado a Juan a la isla de Patmos.28

«Martirio de San Juan en la Puerta Latina» (1641-1642), por Charles Le Brun. Iglesia Saint-Nicolas du Chardonnet, París.

Aún cuando algunos revisionistas contemporáneos minimizan el carácter persecutorio de Domiciano tanto en la arena política como en la religiosa,29 los historiadores Tácito y Suetonio mencionan en sus obras una escalada de persecuciones hacia el final del gobierno de aquel emperador, particularmente hacia oponentes que detentaban algún poder o dinero. Ambos historiadores identifican el momento crítico de esas persecuciones en algún punto entre 89, año de la supresión de la revuelta de Saturnino, y 93.30 31 Según Suetonio, aquellos de los que el emperador sospechaba eran declarados culpables de corrupción o de traición. Entre los escritores eclesiásticos, Eusebio de Cesarea cita a Melitón, obispo de Sardes (c. 170)32 y a Tertuliano. Éste último señaló que Domiciano «casi igualó a Nerón en crueldad»,33 palabras que historiadores como Brian W. Jones consideran retóricas, mientras que los escritores cristianos no.Nota 7

El destierro de Juan el Apóstol desde Éfeso a la isla de Patmos (donde según Ireneo de Lyon fue escrito el Libro del Apocalipsis),34 y la ejecución del senador Tito Flavio Clemente son ejemplos de la falta de libertad religiosa que habría tenido lugar en esa época. Según el historiador Dion Casio (67.14.1-2), Domitila y Flavio Clemente fueron acusados de ateísmo y condenados: Flavio Clemente fue ejecutado y Domitila desterrada a Pandateria.35 pp. 504-506
Como señala el historiador y jurista español José Orlandis (1918-2010),36 la acusación de «ateísmo» en la historia del Imperio Romano refirió con frecuencia la negación a adorar a los dioses romanos en general y a reconocer el origen divino del emperador en particular.Nota 8 Luego del asesinato de Domiciano el 18 de septiembre de 96, Juan habría retornado a Éfeso. La permanencia de Juan el Apóstol en Éfeso es conocida asimismo por Clemente de Alejandría (hacia el año 200), quien refiere que «Juan, después de la muerte del tirano (Domiciano), regresó de la isla de Patmos a Éfeso».37

Tesis sobre el martirio de Juan el Apóstol

Al igual que sucede con otras tradiciones orales o escritas relacionadas con personas de tiempos antiguos, no existen pruebas documentales o arqueológicas de que el episodio del martirio de Juan el Apóstol no seguido de muerte haya tenido lugar en Roma, o en Éfeso, o que sea el resultado de una elaboración posterior.38 Tampoco existen evidencias directas que lo descalifiquen, por lo cual todo se resume a hipótesis y argumentaciones a favor y en contra, según los autores. Sin embargo, hay una cuestión subyacente al tema del martirio de Juan en sí: es el cumplimiento de la frase profética de Jesús a los dos hijos de Zebedeo: «La copa que yo voy a beber, sí la beberéis y también seréis bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado». Esto fue investigado por Marie-Émile Boismard, quien profundizó en numerosos elementos patrísticos y litúrgicos de interés.18 Nota 9

«Yo, Juan»: por los caminos del Apocalipsis

Para una referencia más amplia sobre el Libro del Apocalipsis, véase Apocalipsis.

«Juan el Evangelista en Patmos» (siglo XVII), acompañado por su joven ayudante Prócoro. Museo de Arte del Estado en Nizhni Nóvgorod, Rusia.

El Apocalipsis da detalles escasos pero no irrelevantes acerca de su autor: su nombre es «Juan» (Apocalipsis 1:1,Apocalipsis 1:4, Apocalipsis 1:9, Apocalipsis 22:8). El autor se incluye entre los profetas (Apocalipsis 22:9) y se atribuye varios títulos genéricos, tales como «siervo» de Dios (Apocalipsis 1:1) y «hermano y compañero en la tribulación» del grupo al que se dirige (Apocalipsis 1:9). Su presencia en la isla de Patmos (Apocalipsis 1:9) fue la probable consecuencia de un destierro impuesto por las autoridades romanas. Las cartas que envía a las siete iglesias (Apocalipsis 2:1-3:22) manifiestan que era muy conocido por los cristianos de Asia y que, dentro de las comunidades cristianas, gozaba de una autoridad indiscutida. A partir del siglo II se repiten dos preguntas sobre el autor del Apocalipsis:

  • ¿Cuál fue la relación entre este «Juan de Patmos» y Juan el Apóstol?
  • ¿Fue el vidente del Apocalipsis también autor del Evangelio de Juan y de las epístolas joánicas?
La autoría del Apocalipsis en los siglos II a IV

Las respuestas tradicionales gozan de una considerable antigüedad. En el siglo II, el autor desconocido del apócrifo Hechos de Juan,39 Papías de Hierápolis (c.69-c.150) y Justino Mártir (100/114-162/168) en su «Diálogo con Trifón» atribuyen el Apocalipsis a Juan el Apóstol. Justino Mártir, al comentar el texto simbólico de la resurrección como renovación de la Iglesia por mil años después de la persecusión romana (Apocalipsis 20:4), escribe:

Había un hombre con nosotros, cuyo nombre era Juan, uno de los apóstoles de Cristo, quien profetizó, por una revelación que se hizo para él, que quienes creyeran en Cristo vivirían mil años […].40

Justino Mártir, «Diálogo con Trifón» VXXXI, 4

Clemente de Alejandría, autor del Pædagogus

Desde mediados del siglo II hasta mediados del siglo III aparece esta misma convicción en los padres y escritores de Oriente: Melitón de Sardes (muerto hacia 180), citado por Eusebio,41 Clemente de Alejandría (c.150-211/7),42 y Orígenes (185-254) en su «Comentario sobre el Evangelio de Juan».43

Occidente tampoco es ajeno a esta tendencia: el «Prólogo antimarcionita a Lucas», Ireneo de Lyon en su «Adversus haereses» IV, 30, 4,44 Hipólito de Roma,45 y Tertuliano en su «Adversus Marcionem» 3.14 y 4.546 son ejemplos de la atribución del Apocalipsis a Juan el Apóstol.

A partir del siglo III surgen repentinamente algunas voces discordantes. En Occidente son escasas y poco influyentes: el presbítero romano Gayo y los álogos (es decir, los negadores del Logos joánico). En Oriente, por el contrario, los adversarios del origen apostólico del Apocalipsis son más importantes. El más serio entre ellos es Dionisio de Alejandría (muerto hacia 264/65), que combate el milenarismo y sus excesos, herejía basada en el reinado de mil años que se menciona en Apocalipsis 20:1-6. Como el libro del Apocalipsis, de cuya interpretación literal nace el milenarismo, tiene fuerte aceptación en la Iglesia primitiva, Dionisio busca apoyo para descalificar el Apocalipsis en una escrupulosa comparación del lenguaje, estilo y pensamiento de este libro con los del Evangelio de Juan y de la I Epístola de Juan, concluyendo que sólo el Evangelio de Juan y la I Epístola de Juan son obra de Juan el Apóstol, mientras que el Apocalipsis habría sido escrito por Juan el Presbítero (ver más adelante en este artículo).47 Los adversarios del milenarismo acogen con entusiasmo la opinión del ilustre obispo, y así se suman en aquel momento al rechazo del Apocalipsis distintos obispos de Siria y de Asia Menor. Se produce entonces la negativa de la escuela de Antioquía a aceptarlo como apostólico, y la Iglesia siria en su conjunto lo rechaza todavía en la actualidad. Como resultado, queda como argumento serio contra la paternidad literaria del Apocalipsis por parte de Juan el Apóstol su omisión de la Vulgata siria. Varias listas canónicas de las iglesias orientales omiten el Apocalipsis, y muchos manuscritos griegos anteriores al siglo IX no lo incluyen.

Sin embargo, debido a la influencia de Atanasio de Alejandría (c.296-373), se fue estableciendo en Oriente cierta unanimidad y, cuando los milenaristas decrecieron, el libro del Apocalipsis recobró el lugar que le asignaron los testimonios de los Padres más antiguos. En contraste, en Occidente nunca surgieron dificultades serias, y el Apocalipsis, junto con el Evangelio de Juan y las tres Epístolas joánicas, fueron aceptados como obra del apóstol Juan.

La autoría del Apocalipsis desde el siglo XVI

Retrato de Erasmo de Rotterdam realizado por Hans Holbein el Joven en 1523. Erasmo puso en tela de juicio la identidad del autor del Libro del Apocalipsis.

Hasta el siglo XVI no se alza ninguna objeción contra esta convicción común.48 Entonces Erasmo de Rotterdam pone de nuevo en duda la identidad del autor de Apocalipsis, del Evangelio de Juan y de las epístolas. Para Martín Lutero, el Apocalipsis no es apostólico ni profético. A partir del siglo XVIII va creciendo el número de investigadores que niegan el origen apostólico del Apocalipsis y su relación con el Evangelio de Juan. Según el «Comentario Bíblico “San Jerónimo”»,48 «actualmente, la mayoría de los exégetas católicos y algunos protestantes mantienen la doble opinión tradicional. Un pequeño grupo de no católicos rechaza el origen apostólico del Apocalipsis, pero sostiene que este libro fue redactado por el autor del Evangelio de Juan. Por otra parte, algunos piensan que el apóstol Juan escribió el Apocalipsis, pero no el Evangelio de Juan. Finalmente, varios críticos niegan que exista relación alguna entre el hijo de Zebedeo y el Apocalipsis o el Evangelio de Juan y atribuyen ambas cosas a distintos autores apenas conocidos». Ugo Vanni, concienzudo investigador del Apocalipsis en más de un centenar de trabajos y miembro de la Pontificia Comisión Bíblica, afirma que el texto del Apocalipsis tiene un refinamiento literario propio y una capacidad simbólica del todo suya, diferente de la técnica simbólica adoptada en el Cuarto Evangelio.49 Vanni considera que Juan el Apóstol es a su vez el evangelista, mas no el autor directo del Apocalipsis: «el autor del Apocalipsis no es Juan, el apóstol y el evangelista sino un discípulo perteneciente a la gran iglesia de Juan, el cual quiere hacer revivir, en su presente, un mensaje que él (el autor real) atribuye al gran fundador de la iglesia de Juan».49

Similitudes y diferencias entre el Apocalipsis y el Evangelio de Juan

Sagrario (1789) de la Iglesia Parroquial de los Santos Giles y Leonard en Peilstein, cerca de Viena (Alta Austria). Ubicado en el altar mayor de estilo neoclásico, presenta al «Cordero de Dios» dueño del «Libro de los Siete Sellos» (Apocalipsis 5:1-8). Además del Apocalipsis, el único líbro del Nuevo Testamento en el que Jesucristo es presentado como Cordero de Dios es el Evangelio de Juan.

Una serie de indicios internos parecen relacionar entre sí el Apocalipsis y el cuarto evangelio, al menos en el sentido de que los dos libros tienen algún origen común. Es de notar, por ejemplo, que varios detalles no aparecen en ningún lugar del Nuevo Testamento fuera de estas dos obras: Jesucristo es presentado como «Cordero» en el Evangelio de Juan (Juan 1:29; Juan 1:36) y 28 veces en el Apocalipsis, pero con diferentes palabras griegas; su nombre es «Palabra de Dios», es decir, «el Verbo» (Juan 1:1; Apocalipsis 19:13); la imagen de la «esposa» recuerda al pueblo de Dios (Juan 3:29; Apocalipsis 21:2-9;Apocalipsis 22:17); la vida es simbolizada por medio del agua en expresiones como «agua viva» (Juan 4:10) y «agua de la vida» (Apocalipsis 7:17; Apocalipsis 21:6; Apocalipsis 22:1-17).

Por otra parte, se ha de admitir que son muchos los detalles que separan ambas obras. Se suele insistir en las diferencias de lenguaje y de perspectiva escatológica. Mientras el griego del Evangelio de Juan es sencillo y habitualmente correcto, el del Apocalipsis es pródigo en solecismos y forzamientos de la lengua griega. En cuanto al tema del «más allá», el Apocalipsis está dominado por el punto de vista y los símbolos de la tradición apocalíptica, la cual espera en un futuro que traerá consigo la salvación prevista por Dios para su pueblo. El Evangelio, en cambio, se muestra muy independiente de la visión apocalíptica y considera la salvación casi siempre como ya poseída por el creyente. Algunos términos que son centrales en el Evangelio (ver más adelante) apenas si aparecen en el Apocalipsis; de hecho, varios no aparecen en absoluto: por ejemplo, el verbo «creer» (98 veces en el Evangelio de Juan, nunca en el Apocalipsis) y el término «fe» (4 veces en el Apocalipsis, nunca en el Evangelio de Juan), por citar dos ejemplos.50

En qué sentido son «joánicos» los «escritos joánicos»

Todos los datos anteriores son una muestra que permite entender por qué los exégetas han adoptado posiciones tan divergentes. El estado fragmentario de nuestros conocimientos impide proponer hoy una solución categórica desde un punto de vista racional. Más aún si se considera que la gran mayoría de los biblistas e historiadores concuerda hoy con Ireneo de Lyon en que el Apocalipsis fue escrito durante la persecución que tuvo lugar al final del gobierno de Domiciano.29 36 48 49 Esta datación volvería a la redacción del Libro del Apocalipsis casi contemporánea de la del Evangelio de Juan. Considerando distintas evidencias internas y arqueológicas, el escriturista Rivas concluye: «entre los investigadores se sostiene, de manera muy generalizada, que el Evangelio fue escrito en la última década del siglo I, o a más tardar en los primeros años del siglo II».14 En efecto, la existencia del \mathfrak{P}52 (papiro 52, datado de 125 d. C. aproximadamente) desestima la fijación de fechas más tardías para la redacción del Evangelio de Juan.3 pp. 85 y 87

Más allá de la posibilidad latente de una pseudonimia, tal como expresa Vanni,49 no hay tampoco razón para sospechar de la argumentación de Robert H. Charles: el autor del Apocalipsis nos habría dejado su nombre real. Tras examinar la hipótesis de la pseudonimia, Charles concluye perentoriamente que no existe la más pequeña prueba en favor de la hipótesis de que el Juan del Apocalipsis sea un pseudónimo,51 y esta argumentación clásica permanece hasta hoy.48

El testimonio tradicional que afirma el origen apostólico de todos y cada uno de los escritos joánicos es tan antiguo y tan abundante que no resultaría serio desconocerlo o descartarlo por completo. Parece muy difícil explicar cómo pudieron equivocarse todos los testigos más importantes de los siglos II y III. Las escasas pero significativas coincidencias entre el Apocalipsis y el Evangelio de Juan parecen exigir al menos cierto origen común para ambos libros. Por otra parte, las múltiples diferencias muestran la dificultad de que el Apocalipsis y el Evangelio de Juan hayan podido ser escritos por el cálamo de una misma y única persona.

En espera de una solución más concreta podría resultar importante la sugerencia ponderada de algunos autores modernos de distinta extracción (por ejemplo, los escrituristas Charles K. Barrett,52 François-Marie Braun,53 y André Feuillet54 ) que se resume en los siguientes puntos. Según las fuentes cristianas de los siglos II y III, Juan el Apóstol habría sido la gran autoridad cristiana de Asia hacia fines del siglo I a punto tal que, como bien señala el español José Orlandis, en razón del testimonio de esas fuentes, las iglesias de Asia llegan a considerar a Juan como «su propio Apóstol».55 A pesar del disenso de la escuela de la Iglesia siria respecto del Apocalipsis, la influencia de Juan habría llegado a tal punto que «las iglesias asiáticas se resistieron durante mucho tiempo a unificar su disciplina con la de las restantes iglesias, alegando que su uso estaba sancionado por la autoridad de Juan el Apóstol, que lo había introducido en ellas». Por lo tanto, él habría inspirado esos «materiales» joánicos, quizá a través de una vigorosa «escuela» localizada en Éfeso, pero la redacción y reelaboración de esos escritos podría haber sido llevada a cabo por distintos discípulos suyos, familiarizados con el pensamiento del apóstol. Al tratar más adelante los temas referidos a Juan el Presbítero y al autor de Evangelio de Juan, se verá que esta postura parecería hoy la más madura. Para aquéllos que, siguiendo la mentalidad de los antiguos, consideran autor a aquella persona cuyas ideas se plasman en un papiro y no tanto al escribiente, la predicación de Juan el Apóstol sería el eje inspirador de los «escritos joánicos» de fines del siglo I.

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