Oh Dios, excelsitud de los humildes y fortaleza de los justos, que te has dignado instruir al mundo por medio de tu Hijo Unigénito de tal modo que toda acción suya se convirtiera en enseñanza nuestra, suscita en nosotros el fervor de tu Espíritu para que lo que Aquél nos enseñó con su palabra y su ejemplo podamos imitarlo eficazmente.