Serafines

Los serafines son, de acuerdo a teología cristiana, el primero de los nueve coros o tipos de “espíritus bienaventurados” de la jerarquía angelical cristiana. Pertenecen al orden más alto de la jerarquía más elevada, junto con querubines y tronos, ya que no están hechos a imagen y semejanza de Dios, sino que son parte o esencia de Él, como “hijos” o “parte” suya. Según la biblia, el profeta Isaías vio serafines durante una visión.

Saraph es el término #8314 en el Diccionario Hebreo Strong’s y significa “ser ardiente”, o simplemente “ser de fuego”.

Rodean el trono de Dios y están en constante alabanza cantando el trisagio hebreo «Kadosh, Kadosh, Kadosh» («Santo, Santo, Santo es el Señor de las Huestes, la tierra está llena de su Gloria».[1]

Según cita J.S Rottner en su Libro de los Ángeles: “Los regentes de los serafines son Serafiel o Serafín, Jahoel, Metatrón, Miguel y Lucifer antes de la caída.”

Los serafines se caracterizan por el ardor y la pureza con que aman las cosas divinas y por elevar a Dios a los espíritus de menor jerarquía. Se les conoce como “las flameantes llamas del rayo”, “rayos de fuego del amor” o, simplemente, “Llamas ardientes”. Cantan sin cesar la música de las esferas, regulan el movimiento de los cielos y son la vibración primordial del amor.

Los serafines son seres que pueden ser vistos solo por quienes son “elevados” a una dimensión superior, es decir, un estado en el que el cielo “se abre para ellos” (Ezequiel 1:1; Ap 4:1,2; 19:11).

En los contados casos en que eso ocurre, la descripción zoomórfica que se hace de esos “ministros” de Dios [serafines (semejantes a animales con seis alas —Isaías 6:2—), querubines (semejantes a animales con cuatro alas —Ez 1:6—), o arcángeles (seres en forma de antorchas —Ap 1:4; 4:5—)] es representativa de las diferentes funciones que esos seres celestiales cumplen ante el Creador.

Los gnósticos refieren que fueron los serafines en su forma de elohines o llamas quienes destruyeron Sodoma y Gomorra, bombardeando la ciudad con bolas de fuego, y son mencionados por primera vez en Hebreos, uno de los libros más antiguos del Nuevo Testamento.

La iconografía cristiana representa a los serafines como seres alados, pero con la peculiaridad de poseer tres pares de alas, el primero de los cuales tapa su rostro ya que, al ser los seres más bellos del universo, sólo Dios tiene derecho a contemplarlos. Con el segundo par de alas vuelan y el tercero cubre sus pies, pues simbolizan así la eterna humildad y amor debidos sólo a Dios. En el judaísmo se presentan como serpientes doradas con seis alas que tienen el poder de sanar.

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